viernes, 5 de julio de 2024

Canon literario escolar

 Conformación del canon literario escolar:  qué y cómo dar a leer en la escuela


Como transmisores culturales y no imposibles espectadores al margen de la misma, ¿Es posible dejar de impulsar determinadas lecturas? ¿Es posible escapar a la conformación de un canon literario?... ¿Sería deseable?

De ninguna manera.  El canon es un producto cultural e histórico[1], pero ineludible, ya sea en la transmisión individual como en la reglada y “oficial”, si acordamos con J. Rodríguez (2009) en que “El potencial educador de la sociedad pasa, entonces, por su capacidad para propiciar formas diversas de comunicación que no tengan como propósito exclusivo la dominación y hagan posible el florecimiento y fortalecimiento de la diversidad de expresiones[2]

¿Podría un docente no estar obligado (no solo desde la institución escolar) a presentar un recorrido posible?  No, pero lo ineludible también es la reflexión que post Foulcault y sus ideas sobre el “dispositivo de saber - poder” y de Gramsci respecto a la “hegemonía” y la constitución de un “bloque hegemónico”, debería hacerse sobre un canon escolar. 

Pero otra pata de la cuestión, no es solamente la elección de textos (que puede hacerse con mayor o menor pericia, e incluso jugando sobre seguro, limitarse a los textos “bendecidos” como políticamente correctos), sino lograr un “plus” entendido no sólo como el aprendizaje de la lecto-escritura en los primeros años, sino también un creciente y cada vez mayor pensamiento crítico que lleve a “hacer pelear los textos” a partir de los pensamientos que despiertan. ¿Sería posible sin el apasionamiento del mediador cultural (léase docente)? Pasión como un bien transmisible.  Pasión de uno mismo no como “modelo” (ya que inevitablemente llevaría a la “educación bancaria” que critica Freire[3]) sino como la encarnación “posible” (muestra, no única) del Otro cultural – ideales de la cultura –

 

Un libro es un contaminante. No se puede imponer a un ser en edad escolar la pasión por la lectura pero sí se puede contagiar la emoción de un lector atento a otro lector incipiente. Tal cual la gramínea en el césped, el contagio es un vínculo más poderoso entre personas que la lección de gramática. Pero para ello es preciso saber contar una historia. (Ferrer, Ch. 2009)

Parafraseando una frase popular, si no sabemos contar una historia, es imprescindible tener el teléfono de quien sabe hacerlo… es decir: poder recomendar o echar mano a buenos libros, que como dice Stephen King a través de su alter ego Paul Sheldon:

No puedo arreglar un grifo que gotea. No puedo patinar ni dar un acorde de Fa en la guitarra que no suene a mierda. Dos veces he intentado el matrimonio y en ninguna lo conseguí. Pero si quiere usted que le saque de su círculo, que le asuste, que lo seduzca con una historia, que le haga llorar o sonreír, eso sí que puedo. Puedo traerlo y llevarlo hasta que grite basta. Soy capaz de hacerlo. (King, S. Misery 2001)

 

La palabra que leemos tiene el poder de hacernos “…caer en el agujero del papel” (King, S. Misery), y emocionarnos, trasladarnos, trascender aquello de los que aparentemente trata (cómo leer 1984 de Orwell malográndolo sólo en un reality de tv, sin preocuparnos por la memoria, la libertad, las organizaciones sociales y su control, etc., como leer Abbadon el exterminador de Sábato sin pensar en el mal, el sufrimiento, el apocalipsis, los mitos y profecías?)

Un poeta popular como Joaquín Sabina, señala en un reportaje (Revista Viva, 20 Diciembre de 2009) que “…ayer estaba pensando con vistas a una canción sobre las cosas sin las que realmente no podría vivir.  Y son cinco:  leer, escribir, los amigos, leer y fumar” potenciando con el fallido, advertido por el periodista, remata: “Aún en la época más loca, de madrugada y en bares infames, tenía mi libro

 

De modo que sin la marca cultural que nos oriente hacia determinadas lecturas, sería muy difícil encontrarse fortuitamente con autores que incluso han traspasado “océanos de tiempo” para que los escuchemos.


[1] Kohan, M.: (2009), “Notas sobre el canon”, Bs. As., FLACSO “…no existe nada así como un valor estético dado, objetivo, trascendente, manifiesto de por sí. Los valores literarios (esto es: lo que se tiene por bueno o por malo, lo que se consagra como central y lo que se posterga al margen, lo que se hace ingresar al canon y lo que se excluye de él) se modifican históricamente, ya que son establecidos y sancionados desde la institución literaria

[2] Rodríguez, J.:  (2009) “Lectura, escritura y medios de comunicación”,  Bs. As., FLACSO

[3] Freire, P.: (1972) Pedagogía del oprimido, Buenos Aires, Tierra Nueva y Siglo XXI Editores

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